Bottmingen - Schloss Hallwyl - (Schloss Lenzburg) - Schloss Wildegg - (Schloss Habsburg) - Aarau - Bottmingen
Aunque sólo visitamos dos de los cuatro castillos incluidos en la ruta de Lonely Planet, porque era mucha tela. Pero este era el plan del día porque el tiempo seguía complicado en los Alpes, no nos alejábamos mucho de casa, y los castillos bien conservados siempre dan mucho juego para una visita. Además, la zona rural daba la oportunidad de pasarnos por alguna granja a comprar productos naturales (otra cosa es que saliera bien).
Sin madrugar demasiado, ni demasiado poco, nos ponemos en ruta, menos de 1 hora. Primera parada, Schloss Hallwyl, por empezar por el más lejano y de ahí ir acercándonos en trayectos de unos 15 minutos. El castillo está en medio de una carretera, y han hecho un parking ad hoc, que ofrece medios de pago alternativos, ninguno a nuestro gusto: monedas (CHF, aún no tenemos ni una moneda o billete, nada, sólo tarjetas, que no es en este ocasión medio de pago válido), o un par de Apps para el pago de parking. Opto por una de ellas, y lo duro es, primero, descargársela cuando ya te han avisado que los datos son más caros que el oro en lingotes de los bancos de Zurich, y segundo, completar los datos, que casi consigo salvo por dar de alta una tarjeta de crédito virtual, cuyos datos no me puedo descargar de la App de Wise, supongo que por un problema de conexión, porque luego en casa lo hice sin problemas, aunque ya nunca más en todo el viaje me hizo falta la susodicha App para pagar un parking. Murphy en acción.
De Wise tendré que hablaros: me la abrí aún en España para tener saldo en CHF ya convertidos y pagar con su tarjeta virtual desde el móvil en todas partes, y ahorrar con el tipo de cambio. Ha dado bastante buen resultado, tengo que decirlo.
El caso es que tras 15 minutos (no exagero un pelo) buscando la manera de pagar el parking, opté por ir empezando la visita, y ya lo solucionaría luego. Hasta hoy. Nota para el tío Pablo: si te llaga multa me la pasas ;-). De verdad que lo intenté después de nuevo: cuando, desde casa, me aceptó meter la tarjeta, intenté pagar un ticket de parking, pero como era pasada la hora de cierre, me pasaba al día siguiente, y creo que eso ya para cubrir el riesgo de multa iba a ser muy flojo.

El castillo consta de dos construcciones separadas entre sí, y a su vez rodeadas, de sendos fosos, que se alimentan de un río, así que el agua corre y está cristalina. Ambos edificios están bastante bien conservados, gracias al trabajo de la fundación que es su titular. En una sala hay un gran árbol genealógico que impresiona, y en otra una foto del último miembro de la estirpe que han sido sus dueños durante 600 años, siendo esta imagen de los años 70 (aparenta unos 30 de edad). No sabemos si alguien le habrá sucedido, o si no se habrá hecho otra fotografía en 50 años.
Muchos elementos interactivos para contarnos cómo esta familia dedicó un gran esfuerzo a la investigación de recetarios naturales con las plantas de la región.
Al salir, pasamos por la cafetería a por unos bocadillos de queso fundido calentitos, que completamos con una manzana recién caída del árbol, y seguimos la marcha. En la carretera, pasamos por delante de una granja donde venden productos locales y entramos. Pasados los establos, en otra gran construcción con maquinaria, una pequeña sala con expositores de género, y ni un alma. Un señor nos ha visto fuera, aparcar y bajarnos del coche, pero en lugar de aproximarse se aleja, absorto en sus tareas, y pasando de nosotros.
Revisamos el pequeño surtido e identificamos cosas que llevarnos: unas frambuesas, una mermelada... algunas cosillas. Eso sí, no parece que haya ningún signo que nos haga pensar que aceptan tarjetas. Cuando, por fin, salimos a la búsqueda de alguien que nos atienda, efectivamente, sólo aceptan efectivo (y una especie de Bizum local que, más tarde, al intentar darme de alta para estar preparado para la próxima, resulta que sólo acepta números de teléfono suizos, y sólo trabaja con determinados bancos suizos). Vamos, que nos fuimos de vacío por no poder pagar las compras.
Pero antes los niños se entretienen sobando animales (bendito gel hidroalcohólico).
Pasamos de manera fulgurante ante el Schloss Lenzburg, vista exterior y carretera. Era el primer sacrificado en favor de la agenda (y el aguante infantil), así que vamos a Schloss Wildegg, donde antes de aparcar nos recibe un grupo de unos 20 hombres y mujeres, entradillos ya en edad, muy arreglados, con una pinta de invitados de boda que no veas, y cuando llegamos al parking vemos esta joya sobre ruedas, con bastante aspecto de haber descargado a nuestro comité de recepción unos instantes antes. Parece que invitados y transporte ya no hacen los 60 años; algo me dice que los novios tampoco son de la ESO, ni de la EGB.
El acceso al castillo parece hacerse por una puerta lateral, pasando por una primera sala acondicionada para celebrar la pequeña ceremonia. Recorremos primero los establos y almacenes de grano y vino, y subimos a las habitaciones. De nuevo las llamativas chimeneas de cerámica en todas las dependencias.
En este castillo hay varias animaciones que representan escenas de la vida cotidiana de sus habitantes, incluida la de esta comadrona con el bebé.
O esta en un cuarto reconvertido en taller de pintura por el heredero familiar a la muerte de su estricto padre, que le prohibía dedicarse a esas artes indignas. Mientras cuenta su historia, pinta tu retrato, que te muestra al final...
Salas y más salas, despejadas las de las plantas más altas, ya casi en el bajocubierta. Suelos de barro cocido o madera, cables surcando los pasillos hasta las campanillas que avisan al servicio, de distintos tamaños para que su diferente tintineo permita distinguir quién llama.
Y más plantas...
Pero lo mejor está al salir del castillo, en una antigua capilla adyacente, reconvertida en macro salón de juegos para los niños visitantes. Desde un mini salón de té, cocinita, tiro con ballesta, mesa de billar, a lo mejor: por un lado, una sala dedicada a un juego de adivinación de 4 o 5 retos para cuatro de los sentidos (olfato, oído, tacto y vista), y en la planta superior, un espacio enorme con nuevos juegos: bolos, memory, ajedrez...
Salón de té
Ballesta
Ajedrez, a la izquierda el puzzle, peonzas y más allá bolos.
A la derecha, sombras chinescas y memory

El puzzle (nótense las juntas verticales entre las piezas); completarlo costó lo suyo
Tras una rato largo, salimos a los jardines y huertos, camino del coche.
Y de allí, no saltamos también el cuarto castillo, según las fotos más ruinoso, y vamos a Aarau, en busca del restaurante Spetz - para cenar pronto, ya que apenas habíamos compartido unos sandwiches-, que nos anunciaba la guía que nos ofrecería buenas raciones de comida tradicional suiza. Todo fenomenal, salvo que no tenían mesa, así que buscamos plan alternativo, nada original, hamburguesas en una terraza, aunque estaban buenas.
Eso sí, Aarau es una bonita ciudad - pequeña- famosa por sus alrededor de 70 casas con cornisas de gran tamaño delicada y coloridamente decoradas, con motivos muy variados, desde formas geométricas a pintura figurativa (en el edificio de la panadería, el panadero horneando pan, por ejemplo).
Y vuelta a casa.
Mañana más.
Nos vemos.
Comentarios
Publicar un comentario