Frutigen - Kandersteg - Bottmingen
Amanecemos en nuestra moderna (y calurosilla) habitación familiar, y, claro, los primeros movimientos de cualquiera despiertan al resto: sólo a Pablo se le ocurre enredar a Carmen poniéndole en la oreja el móvil emitiendo el zumbido de un mosquito, y la hemos liado. Ese es el tipo que ocurrencias que tiene Pablo. Así que rápido se acaban los motivos para seguir estirando un sueño imposible y bajamos a desayunar.
Al fin atendemos una de las peticiones del verano (también de este): ¡un buffet! Para los 3 es una atracción en sí misma, y lo amortizan, ya lo creo. Alguno lo que no amortiza es la silla, no para de levantarse (más aún de lo habitual), hasta se presenta voluntario para ir a por cosas para los demás, inaudito...
No obstante, seguimos comprobando que el inglés no está tan extendido como esperábamos, incluso en sitios turísticos.
Y todavía daba tiempo a aprovechar más aún el minigolf y los túneles. Parece que Pablo necesitaba otro repasito; no le había bastado con el de anoche, ni con el del FIFA del avión...
Y por fin camino de los toboganes alpinos de los que vengo oyendo hablar desde julio al plantearse este viaje, y que hemos tenido que ir posponiendo por el mal tiempo. Lo primero, nuevo telecabina.
Y al bajar de él, inmediatamente está el Rodelbahn Oeschinensee. Unos posados...
Y los robados:
No hay mucha gente, principalmente un grupo de niños Scouts ingleses que no paran de subir, y luego en la práctica van bastante lentos, porque frenan su vagón, y obligan a frenar a los que vienen detrás. Así que es muy aconsejable, una vez que el mecanismo te lleva hasta arriba, al empezar a bajar frenar bastante para dejar espacio con el de delante y tener margen que no te arruine la bajada si los de delante se aturullan. Vamos, como en qualy de Formula 1.
1 minuto y 15 segundos después...
Carmen, que no podía montar sola, tuvo claro con quien quería bajar después de que en la primera tentativa reviviera Paseando a Miss Daisy con su madre.
Y tras unas cuantas repeticiones, nunca suficientes para el personal, claro, comenzamos la marcha hacia el lago Oeschinensee, otra maravilla entre montañas, con más gente que el de ayer, desde luego, pero manejable. La marcha hasta él puede ser de unos 45 minutos, apta para niños, y la recompensa merece la pena. Hay otras rutas mas largas y con mayor desnivel, entre las que elegir según las capacidades y las ganas.
Posado montañero / conquistador
Por supuesto, Lola tenía que contar con su escena de vacas, que esta vez sí la embistieron (en Irlanda se libró), pero lamentablemente no contamos con evidencia gráfica.
Nadie se ha quitado la pulserita del hotel. Así nos ha dejado de marcados...
La recompensa es notable. Un hermoso lago turquesa, rodeado de montañas de las que caen varias cascadas con diferentes caudales, bajo un cielo azul salpicado de nubes que ayudan a dar perspectiva a las dimensiones de lo que contemplamos. Brutal.
Ninguna foto parece hacerle justicia, en realidad. Allí pasamos un buen rato porque merece la pena disfrutarlo con calma.
Los hay valientes...
Y de vuelta hacia la civilización, vamos, el restaurante junto al lago, un poco más adelante.
Y de vuelta hacia el telecabina.
Heidi y Pedro
Y de bajada. El paisaje dispara el número de fotos. Probablemente todas muy parecidas. Seleccionaremos un poco para no aburrir.
De vuelta, montaña abajo, disfrutando del sol, y del asiento...
Y ya en casa, ¿cómo no? Cama elástica y picoteo, hasta la cena, nueva Fondue pero esta vez de salchichas variadas en lugar de pan. ¡Mejor aún! Con uno de los maravillosos vinos italianos comprados en l'enoteca en Basilea, gran éxito.
Mañana más.
Nos vemos.
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