Por fin, los Alpes

 

Bottmingen - Bannalpsee - Brienz - Frutigen

Finalmente, tras días de lluvias en la zona de los Alpes, y los últimos incluso de tormentas eléctricas, hoy se prevé tiempo soleado en el eje Lucerna, Interlaken, Thun, en torno al cual giran nuestros objetivos de "montaña", así es que para allá vamos. Pero antes, un desayuno potente a cargo de nuestra chef más joven, que lo lleva pidiendo desde que llegamos. Esos deliciosos huevos revueltos nos darán buena parte de las fuerzas que vamos a necesitar en este día.


Un primer objetivo originalmente era Lucerna y, junto a ella, subir al Pilatus, cima de renombre. Pero este mismo factor nos lleva a descartarlo por la masificación de turistas que el tío Pablo nos asegura que vamos a encontrar. No obstante, esperábamos poder ver tanto el lago como la cima, al menos, desde la carretera, ya que necesitamos pasar entre la ciudad con su lago y el Pilatus para ir a nuestra primera parada. Pero, mala suerte, esa parte de la ruta transcurre casi íntegra por túneles, asi que no vemos nada, salvo un momento que permite comprobar que, además, la cima está cubierta por nubes. En definitiva, pasamos por allí sin pena ni gloria, como si hubiéramos pasado en metro bajo la Torre Eiffel y ya no tuviera remedio. De hecho, Lucerna se caerá del itinerario incluso lo poco que había aguantado, que era el paseo de la tarde por el famoso puente cubierto sobre el lago, ya que, como luego veréis, no pasaremos por este camino a la vuelta.

En lugar del concurrido (y caro, y -hoy- nublado Pilatus), el tío Pablo nos recomienda Bannalspee, que ahora veréis qué es. Llegamos lo primero a la base del telecabina. Nos precede un autobús de línea que va realizando paradas, hasta una (penúltima) donde baja todo el mundo. Nosotros no, seguimos hasta la última, y esto tiene su cosa. Pero vamos, nosotros seguimos, aparcamos y, en soledad prácticamente, ascendemos el recorrido del telecabina, que nos deja en un bello y solitario paraje, al pie de la presa que forma el lago Bannalspee, nuestro destino. 


El lago Bannalspee es un precioso lago turquesa rodeado de montañas, formado por una presa artificial que ahora está completamente cubierta de hierba, así que no se percibe. Caminamos sobre la presa para continuar ruta alrededor del lago. 

Pero lo bueno de este sitio es que, efectivamente, apenas hay gente, muy poca, y eso que es domingo con un tiempo excelente, después de varios días muy malos.







No nos requiere más de media hora llegar al otro extremo, donde algunas familias hacen picnic con barbacoas que allí les esperaban, incluso con la leña lista.




Pero nosotros huimos de los pocos que ya están para buscar nuestro espacio en soledad, que encontramos más adelante, casi completando nuestra vuelta alrededor del lago.




Y tras nuestros sandwiches, avanzamos hasta el restaurante para tomar un buen café, y algún postrecito...

Yo para ser feliz quiero un camión...



El cuerpo pide bifocales

Y proseguimos la marcha hasta cerrar la vuelta, y bajar en telecabina hasta el aparcamiento. Hablando luego con el tío Pablo, nuestro error fue no usar el telecabina en el que se bajó del autobús todo el mundo para de esa forma llegar en él más arriba, descender paseando hacia el lago, y luego bajar por el que nosotros usamos las dos veces. Esa era el plan celestial; el nuestro sólo fue magnífico.


Y proseguimos la ruta en coche, profundizando en el valle que lleva a Interlaken. Durante un buen tramo, en realidad se repite el decorado túnel, así que no ves mucho de la belleza que, intuyes, está fuera. Así que optamos por dejar la carretera principal e ir por secundarias. Hacemos una primera parada a mitad del lago Lungern, en cuanto podemos.



Y luego de nuevo para verlo desde lo alto, un el extremo sur:


Vista del lago Lungern desde el extremo sur

Entre una parada y otra, nos chupamos cierto atasco. Porque estas carreteras tienen estas cosas: uno se ha chocado con la autocaravana que venía de frente, saltándole airbags por doquier, y entre los dos han dejado impracticable el único paso, con uno de los coches desllantado cruzado en la carretera. Y van pasando vehículos en ambos sentidos de manera alterna, pero con cuentagotas. Cuando lo superamos apreciamos que el atasco de nuestro sentido no es nada comparado con el que vamos superando en sentido contrario... Empezamos a pensar que volver por este camino puede no ser una buena opción en las próximas horas.

Bastan 20 minutos de traqueteo en el coche para capitalizar el agotamiento del personal, obteniendo unos momentos de paz que se reciben como agua de mayo. Por Dios, que dure...


Parada en Brienz, pueblito con puerto deportivo al norte del lago de su mismo nombre, con un bonito tren de vapor que aún sigue trepando la empinada ladera de la montaña, y una estación de tren actual donde me cambian de EUR a CHF aplicando un tipo un 15% más desfavorable del oficial. Menos mal que era poco dinero, porque era para pagar el aparcamiento, que este sólo acepta monedas, ni siquiera la App local que ya me había bajado, y configurado, tras la experiencia del primer castillo de hace dos días.

Finalmente nos acercamos al puerto donde está atracando uno de los ferries (no es pequeño) que navegan el lago.


Este sí es pequeño


Evaluamos la situación: ¿vuelta a Basilea para mañana de nuevo venir a los toboganes alpinos, o búsqueda de alojamiento local? En unos minutos gestiono (gracias Booking) hotel, perfecto por ubicación para el plan de mañana, y restaurante con buena pinta (gracias Tripadvisor) cercano al hotel. ¡Ole! olfato blogero en acción. 

Llegamos al hotel (Frutigresort, en Frutigen) y descubrimos, lo primero, que es un auténtico campo de entrenamiento de niños, con miles de actividades, que al estar una sola noche podremos aprovechar poco, pero bueno: minigolf, futbol, piscinas con toboganes, parque de skating, voley-playa, estructura de 4 alturas con diferentes niveles de tirolinas, pasos en altura, etc (también llamado escalating thing) y túneles (ahora veréis). Miles de cosas que esperamos explorar en la escasa hora que tenemos hasta la reserva de la cena.

Lo primero, subir a ocupar la habitación: una familiar para 5 plazas, muy mona, toda de madera, moderna, en dos plantas, siendo el altillo para un par de camas y un colchón supletorio. Y luces led que cambian de color, un buen baño, y una buena terraza. ¡Y todo reserva de último minuto! 


Por si la habitación no daba juego, las actividades lo dan, pese al poco tiempo que tenemos. El minigolf triunfa, aunque apenas nos da tiempo a terminar los 18 hoyos. Pero Carmen se lo monta por libre, y desaparece en una zona de juegos con unos amigos españoles (que raro, los primeros de todo el viaje) que se hace... Pero tenemos que darnos prisa para ir a cenar.


Y el restaurante (Zum Leist - Peter's Grillhouse, en Frutigen) es un -por fín- típico restaurante suizo, acogedor, y con sólo otra mesa ocupada. Encantador servicio y carta variada, en la que optamos por unas ricas brochetas de black angus y carne de caballo para hacer en la propia mesa, al fuego. Muy suizo. Después de un buffet de ensaladas que estaban bastante buenas. De los precios no hablamos porque es mejor no pensarlo, también en el vino, optando, por 39CHF, por la única botella por debajo de los 60 CHF. Al menos estaba bueno. Y la comida y los acompañantes (guarniciones, no comensales), muy buenos también.








Enóloga para Instagram

A mi me encanta el vino...

...o igual no tanto.

¿A quién le toca el colchón en el suelo?

Vuelta al hotel. Y nadie (casi) quiere ir a la habitación; todo el mundo quiere exprimir las actividades. Cotilleamos el campo de fútbol (donde Pablo realiza una celebración ficticia que le cuesta -por ser césped artificial- quemaduras en las rodillas, por flipao), y Carmen nos enseña su entretenimiento anterior: una impresionante red de túneles de múltiples formas y bastante longitud, salidas y ramificaciones, que recorren los bajos del minigolf, la terraza del hotel... una pasada. Para las lumbares de un adulto, un poquito bajo.

 

Y alguien está deseando subirse a la habitación, pero otros nos quedamos amortizando el minigolf (4-0, no es por nada), aunque la penumbra se venga con el típico traspiés tonto que me cuesta dignidad y casi la vida.


Mientras, otros disfrutando de la habitación.


No está mal para un sólo día. 

Mañana más Alpes.

Nos vemos.














Comentarios